En un patio de invisibles leones, de mochuelos de piedra y desgastados farolillos de tozuda persistencia. En un patio que despierta para dar vida a las altas horas, siendo acogido por testigo de una fiesta que por protagonistas no faltan los invértebres luceros y como anfitriona su carnosa luna amatista, una orgía de sueños de sepulcro negro, deriva de mentes que naufragan en si mismas por el cansancio de sus tripulantes, nutren de oscuro silencio el vacío de la noche. Cientos de ojos cerrados con persianas abiertas y guiñadas, con o sin gafas, ojos de negras pupilas y de ciegas visiones, duermen.

Tan solo el baile de una lucecita roja, al fondo, entre la gran trepadora de hojas verdosas y colosales ramas disfrazadas de raíces que abrazan los edificios con desvivida pasión, entre ellas, entre todas ellas, el brotar de su rojo latir, un parpadeo pausado, sereno, tímido… que al brillar da certeza de querer decir algo, pero al mirar, su verecunda actitud, le hace escondite de miedos y guarida de dudas.

También canta un gorgoteo, cuando al acariciar el agua del estanque, un arrolluelo esclavo del placer humano, fluye sin descanso alguno para dar cobijo a multitudinario recreo de peces huérfanos de padre y madre, huérfanos de inciertas profundidades y de infinitos descubrires. Se suman tertuliando por gestos algunos portadores de azahar y atrofiados frutos cítricos que se reúnen en un rincón para contarse vanidades y penas.

Y cuando todo parece engullirse el mundo y respirarme el alma, el ojo del «3º-B» se abre queriendo participar de este frenesí de eufóricas quietudes con demasiada violencia, tanta, que sin intenciones malignas, sangra de luz mi gran secreto. Escalumbrando gnomos y duendes, aullentando a las hadas de la percepción y asesinando la indefensa fantasía con el atropello de su rutina. En ese momento miro al cielo, y una reunión de malhumoradas y madrugadoras neuronas me dicen sin sutileza alguna:

…Nestior, ya es de día!!

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