El pago con odio ante cualquier violencia es
simplemente el combustible para que se alimente una batalla donde siempre
perderá la comprensión, la comunicación y la conciencia.

Hoy en día está claramente visto pero no asimilado, que la sociedad, así como sus líderes, gobiernos, justicia… se dedican a impartir la paz por concepto mediante el incentivo de actuaciones que fomentan el odio, no importa hacia quienes. Siempre nos indican que debe haber un culpable y una víctima, un «bueno» y un «malo», uno de los grandes estigmas bien marcados en nuestra sociedad. Jamás nos enseñan a diferenciar nuestro propio estado de responsabilidad ante una situación de conflicto ya sea externa o cercana a nuestras vidas. Pensamos que estamos exentos de responsabilidad ante un altercado que se genera en otro lugar y por otra gente ajena a nuestro entorno. Vemos las situaciones desde un punto de vista tan focalizado y objetivo que perdemos el campo de visión por completo y solo nos quedamos con el resalte de color más destacado en el lienzo del problema, a veces manipulado por intereses que rinden culto al mayor de nuestros egos: la perpetuación de nuestra ideología.El odio de un individuo, sumado al de otro, sumado al de un pueblo, sumado al de toda una sociedad, nos hace tanto daño a nosotros mismos como a todos los que condenamos, matamos, aislamos, criticamos… Ese odio personal que al final se convierte en colectivo, ha facilitado que personas de nuestra misma raza (la raza humana) se conviertan en las víctimas de nuestra falta de responsabilidad, en «los malos».

Cuando se habla de responsabilidad, se piensa que es una cualidad ligada a alguien que está implicado directamente en un suceso, y ahora digo yo: ¿a caso no estamos implicados en que más de medio mundo viva en una profunda pobreza? ¿Crees que habría pobres si no hubiese ricos? ¿Crees que estamos exentos del capitalismo cuando compramos un móvil de última generación? ¿Y en cualquier guerra, pensamos que es algo entre otros países? ¿Crees que como individuo estas exento de responsabilidad? ¿Crees que los gobernantes a los que has votado o votaron tus allegados más cercanos (padres, hermanos, primos…), mediante un sistema democrático al que agradecemos que exista (a través del miedo que tenemos a otros sistemas como «la dictadura»), están exentos de responsabilidad cuando permiten el negocio de las armas y se alían con otros países por intereses propios como si jugaran al «Risk»? ¿Aún piensas que la guerra es cosa de otros? Todas estas preguntas si se tratan desde un punto de vista global, nos llevan al mismo sitio: «Soy responsable de…»

Existe una grandísima responsabilidad en cada individuo cuando se interioriza un determinado odio hacia algo o alguien, inconscientemente y casi sin querer lo pones en manifiesto en tus círculos afectivos, adherido a ideas o conceptos que divulgas mediante tu opinión hacia tus semejantes, expandiéndose así como un virus contagioso, que infiere en la masa poco a poco, como una inyección letal que contamina y mata, de casa en casa, de barrio en barrio, por los bares, trabajo, amigos… dependiendo además de «quién eres» y si ejerces un estatus de alta convicción hacia los demás.

Es aquí cuando abordamos el tema de «TODO ES ETA». Esta irónica creencia, se nos presenta en la sociedad en pleno 2016 a través de un cierto odio hacia la «injusticia» de las miles de muertes que generó de forma directa esta banda terrorista, y que de forma indirecta también han sido responsables otras entidades políticas, colectivos e individuos, incrementando el conflicto con más violencia y odio.

Si cuando ves en la prensa una de las sensacionalistas noticias con las que suelen bombardear los medios de comunicación nuestros estados emocionales para conseguir más audiencia a costa del sufrimiento de otras personas y te hacen generar tal cantidad de odio, imaginemos el sentimiento que pueden general estas familias cuyos allegados han sido víctimas directas del crimen. Se presenta una situación en la que está justificada la acción de odiar ante gravísimo altercado, la pérdida de un padre, o de un hijo o de un familiar… Es algo que la sociedad tolera y comprende como normal, empatizando con más odio y generando un tema casi tabú, del que, hablar de ello o escudriñar por los rincones de la ética buscando puntos de vista desde diferentes ángulos, te lleva a formar parte implicada y culpable de tal monstruosa acción como es el asesinato (terrorismo si es a través de un colectivo y por ideales).

Así pues, alguien podría aplicar la sonadísima frase de: «… si hubieran matado a alguien de tu familia no pensarías así». Y mi respuesta podría ser: «Lo han hecho y pienso así»… Pero en mi caso, no lo es. Y no tendría que serlo necesariamente para tener que generar un gran estado de odio y venganza, esos atributos despiertan en nosotros con gran facilidad y sin tener que pasar por una experiencia tan «traumática» como esa). Al contrario, también se da el caso de no generar odio ante una experiencia de tal calibre, y ocurre que, allegados o no allegados, consiguen mirar dentro de sí su parte de responsabilidad en el juego y toman la situación como un accidente terrible de una sociedad desequilibrada, sin tener que buscar culpables de forma sistemática para dar rienda suelta a su afán de venganza y rellenar de justicia enmascarada de odio el vacío de los huecos que el drama dejó.

Existe un paso más al que la sociedad puede acceder… existen tal infinidad de caminos, que no hemos de dejar que se hunda nuestro Titanic moral en un mar de violentos pensamientos. Existe un paso más en donde la conciencia logra allanar un camino de piedras que el pensamiento racional y sistemático ha labrado durante nuestra vida, haciéndonos creer que es el único camino y que habrá que abordarlo descalzos de espíritu y con las botas de la realidad, esa palabra que solo pronunciarla alude a la mentira.
Existe un rincón de paz más allá del inmenso horizonte hostil donde buscarnos a nosotros mismos, limpios de prejuicios y en el estado más puro del ser. Existe una forma de sentir la libertad que tanto ansiamos… si, existe… y se encuentra justo al torcer la esquina del miedo y emprender el camino por la avenida de lo desconocido, de la aventura… romper a correr con los pies de un niño y mirar al frente tan lejos como tu imaginación alcance.

 

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